Resumen

El oficio literario ha estado siempre rodeado de un mito, donde la creación se ha relacionado a una especie de oficio doloroso y trashumante, para seres extraños y apartados de la sociedad. Sin embargo, asumir la literatura como un trabajo significa tener que llevar una vida coherente con sentido trascendente, y realizar actividades comunes y corrientes. Por otro lado está el compromiso de escribir desde la especialidad de un oficio, para aportarle al conocimiento y desarrollo de la sociedad; finalmente está la escritura como un ejercicio que todo el mundo debería practicar, no solo desde la lectura, sino también escribir como un ejercicio liberador, como una manera de comunicarse o un ejercicio para explorar la creatividad.

Palabras clave:

Escribir, oficio, trabajo, constancia, vocación, necesidad, creatividad, sentido.

Introducción: Un oficio de locos

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

                                                                      “El Grafógrafo” Salvador Elizondo

Definitivamente, la palabra es un oficio exigente en cualquiera de sus dimensiones. El acceso a la información nos muestra que en la actualidad hay más escritores que lectores, y los best-seller nos sorprenden con temáticas que apasionan a diferentes sectores de la ficción: vampiros, , novelas especulativas y erotismo siguen ocupando los primeros lugares entre los más vendidos, con ingredientes simples y recursos pobres, basta con que tenga romanticismo barato, escenas de sexo o ataquen a instituciones sociales importantes, para que la gente caiga de manera voraz sobre un ejemplar. ¿Se han dado cuenta que en la actualidad existen lectores que acampan dos y tres días junto a una librería para comprar el siguiente ejemplar de una saga? Así que el propósito es analizar el fenómeno de la escritura desde el nivel creativo, científico yacadémico, hasta la cotidianidad de quien escribe un verso y lo guarda avergonzado, sin olvidar de que todo el mundo debería escribir y leer bien.

El oficio del escritor

Cuando se toca el asunto de la redacción, todo el mundo está de acuerdo en que se debe escribir bien y en tener buena ortografía, pues los chicos escriben terrible y todas las demás quejas que suele suscitar este tema, pero el asunto es más serio de lo que parece. El mundo de la imagen ha desplazado la palabra escrita y cualquiera puede ser un intelectual a través de History Chanel. Pero sin la literatura no se hubiera contado la ciencia, ni se hubiera pasado la historia de generación en generación, así que vamos a comenzar analizando el asunto desde el oficio, pues ya es una especie de acto suicida pararse frente a la familia y decirles: olvídense, no voy a ser médico, ni abogado, tampoco quiero administrar el negocio familiar, yo voy a ser escritor. Es lógico que nos impacte, porque las tías pensarán “de qué va a vivir este pobre muchacho” papá se preocupará por el asunto de las drogas y el alcohol, con aquel cliché de que “todos los artistas son bohemios” y alguno más aterrizado le dirá que no hay una carrera universitaria para ser escritor, sino un largo camino solitario a través de cientos de lecturas y escritos tirados a la papelera.

Quiero desmitificar la idea que se tiene de la persona que dedica su vida a escribir. Lo primero, y en esto quiero ser muy claro, no es un pasatiempo. Quien diga que dedica su tiempo libre a escribir, o que de vez en cuando, como hobby, se le ocurre algún poema, no es escritor. Realmente es todo lo contrario. El escritor, o escribidor vargasllosano (Llosa), trabaja en sus ratos libres y se pasa la vida escribiendo. Pero cada personaje inventa sus propias respuestas y pocas veces éstas ayudan a sofocar el mito de la magia de la escritura. Así por ejemplo, García Márquez escribía para sus amigos vivos, Neruda para los amigos muertos, Bukowski para quedarse sin amigos, Sartre para morirse un poco, Byron para no morir, Mutis para la para la inmortalidad y cada uno va lanzando una propuesta más rebuscada que otra.

Otro mito es que el escritor es una persona excéntrica: se viste raro, dice cosas extravagantes y se comporta de manera llamativa. Cito a Raúl Gómez Jattin, poeta colombiano que murió en la indigencia, después de vivir deambulando en las calles: “Los poetas, amor mío, son unos hombres horribles, unos monstruos de soledad, evítalos siempre, comenzando por mí; los poetas, amor mío, son para leerlos, más no hagas caso a lo que hagan con sus vidas. Gonzalo Arango, integrante del grupo de poetas colombianos llamados los Nadaistas, decía de sus compañeros: “éramos inteligentes, locos y peligrosos” y aunque algunos de los fragmentos de su poesía son memorables, sus acciones como grupo no pasaban de “travesuras” anticlericales y unos pocos desmanes en Semana Santa. Así que tampoco son referentes para ningún escritor joven: Arango, Gómez Jattin, el viejo Barba Jacob (Vallejo) – que incluso vivió aquí en Costa Rica–, Baudelaire y los poetas malditos, ni Medardo Ángel Silva y la Generación Decapitada ecuatoriana. Aunque dedicar la vida a escribir es ya un acto suicida y totalmente adverso al desenvolvimiento de la sociedad, finalmente se convierte en un oficio que debe ser cultivado con disciplina, horarios, inversiones, tecnología, marketing, relaciones profesionales, en fin, un trabajo en el que paradójicamente se deben tener los pies en la tierra. El hecho de que Mark Twain haya tenido una vida trágica, Poe problemas con la bebida, Conan Doyle con la heroína o Jack London una vida aventurera, no los convierte en un estereotipo. Existen hombres comunes y corrientes con diversos oficios, que han sido santos, alcohólicos anónimos, piratas, contrabandistas y no han escrito una sola línea en su vida. El escritor no tiene que vivir lo que escribe, qué hubiera sido de Tolkien encerrado en la vida monástica de Oxford, sumergido en los diálogos socráticos que tanto amaban sus colegas. Las experiencias contribuyen, por supuesto, pero más ayuda mantenerse alejado del fango, así que se rompe con el esquema.

Todavía recuerdo cómo en los noventas se hablaba del libro “El almuerzo desnudo” (Burroughs), como algo genial y novedoso, cuando en realidad el autor, conocido como el Padrino del Punk, había confesado que de pronto se había despertado en un hotel de mala muerte en Estambul, rodeado de jeringuillas con las que había estado drogándose por dos años. Regresó a Inglaterra, se internó en un hospital de rehabilitación y cuando volvió a su departamento encontró una caja que había traído como único equipaje, llena de manuscritos garabateados bajo el efecto de todas las drogas posibles.

También es falso el recurso de las musas, no existen, es mentira. Pueden dejar la ventana abierta, darles las llaves de la casa, dormir a la intemperie, y no van a aparecer, a menos que tengan una idea preconcebida, tomen apuntes, sigan técnicas y trabajen duro: la disciplina, la constancia y el estudio se hacen fundamentales. Claro, nada de esto funciona si no se tiene talento, así que después de todo, aunque los dedos derramen sangre de tanto golpear las teclas de la computadora, prepárense también para eventualmente aceptar que no son escritores.

Al mismo tiempo, quien se dedica a escribir debe tener alternativas de ingresos que solventen su verdadero trabajo y no siempre el tiempo que se tiene es el ideal. Pensando en este asunto he tratado de indagar el oficio que han realizado algunos artistas para subsistir y me he encontrado con algunas curiosidades:

Shuman era librero; Wagner, escribiente para la policía; Cervantes, soldado y comisario de abastos; Shakespeare, comerciante de lana; Schuber, maestro de escuela; Verdi, obrero; León de Greiff, contador; Borges, bibliotecario; Cortázar, traductor; Jorge Isaacs, ingeniero de minas; Juan Rulfo, vendedor de llantas para Goodyear y fotógrafo; García Márquez, periodista; Humberto Ecco, filólogo; Bukowski, cartero; Burns, criaba faisanes; Heandel, doctor en aldeas; Keats, propietario de una pensión de caballos; Dickens, amanuense; Pepys, sastre; Quiroga, administrador de una hacienda en la selva; Sábato, físico matemático; London, marino y minero; Kafka, tenedor de libros; Verne, abogado; Saint-Exupéry, piloto; en fin, no hay coincidencias, ni un patrón que se pueda seguir para convertirse en escritor.

Algunos logran vivir de la literatura a una edad avanzada, otros ni siquiera lo logran; conozco escritores que se consagran por algo totalmente ajeno a lo que buscaban: canciones, jingles publicitarios, cartas de amor o ¡plagios! Dentro de los eventos que se celebraron alrededor de los 400 años del Quijote, a un grupo de eruditos se les ocurrió un método para investigar quién podría haber escrito El Quijote de Avellaneda, aquel famoso plagio que casi le cuesta la segunda parte de su obra magna a Cervantes. Así que tomaron el plagio y libros de autores de la época y le preguntaron a una computadora de quién sería el estilo. Me parece que todavía están arrepentidos del experimento, porque el ordenador respondió: Tirso de Molina, el monje. Con esto solo quiero demostrar que el oficio de escribir también trae unos placeres solitarios que no esperan la gloria o la aprobación del público, sino el propio deleite: lo maravilloso no está en el punto de llegada, sino en cómo se disfruta el camino.

Así que hay que escribir cuando se pueda, aún en las condiciones más difíciles, una especie de deporte olímpico, “escritura con obstáculos”: en casa y con las niñas saltando alrededor; en el trabajo, esperando a que el jefe aparezca en cualquier momento; entre la charla digestiva de los compañeros de oficina, en el baño, en la fila del banco, en el bus, o las tres de la mañana, cuando tenemos que levantarnos a las seis. Con esos antecedentes se preguntarán entonces quién quiere ser escritor, y esto lo digo sin remordimiento o el menor dejo de amargura: en mi caso, de haber podido, hubiera dejado de escribir hace mucho tiempo, por simple practicismo – todavía no he hablado de la necesidad de escribir, como sucede en el mundo académico, me refiero directamente a la escritura literaria–. Ya la vida es demasiado compleja como para inventar otras, en ocasiones mucho más escabrosas. Para algunos escribir es algo esencial, lo digo sin romanticismo, porque no es doloroso, eso se quedó en el siglo XIX; tampoco con exceso de optimismo, porque estamos lejos de ser el ejemplo viviente del homo luden; ni siquiera con rescoldos pedagógicos o redentores, para eso están los Carlos Cuauhtémoc o Pablo Coelho del mundo. Algunos no tenemos una historia familiar específica que contar, como García Márquez; un amor contrariado como el de Jorge Isaac; o la biblioteca de Buenos Aires recopilada en la memoria, con todas las “citas citables” en diferentes idiomas, incluyendo el sánscrito, que tenía Jorge Luis Borges. Es común que la gente se imagine que el escritor necesite que le cuenten “chismes”, episodios extraños de “Aunque usted no lo crea”, o los avatares de una vida trágica, para inspirarles sus novelas –no voy a negar que son buenos recursos–. Más de una vez, estando en medio de una reunión social, se me ha acercado una persona para contarme la historia de su existencia, con la esperanza de que aparezca después en algún libro: “Le voy a contar la historia de mi divorcio para que la escriba, verá que es un éxito”. La sola frase me da escalofríos y sé que a continuación siguen un par de horas infernales.

Creo que escribo porque no sé hacer otra cosa, porque seguramente tengo una creciente vocación para la vagancia y decir que soy escritor es el secreto para no ser recriminado. Escribo porque soy un artesano, y la palabra, como el barro, debe ser amasada, pulida, acariciada y finalmente horneada; porque fabricar historias significa comprometerse con la vida de lleno, encontrarle sentido a los sueños y jugar a sentirnos libres, pero al mismo tiempo es una gran responsabilidad, pues nos van a leer personas de diferentes edades, con distintos tipos de formación, y lo que digamos puede incidir en sus vidas de manera positiva o negativa.

Hace poco sostenía una conversación sobre la Divina Comedia con un estudiante muy joven, y me preguntaba por qué Virgilio, el poeta, podía transitar a sus anchas por el infierno y el purgatorio, y aun pareciendo tener abierta la entrada al cielo se devolvía de las escaleras. Yo le mentí diciéndole que los poetas tenían licencia para peregrinar por todos los submundos porque eran inmortales, pero no le causó gracia y siguió cuestionando, con esa insaciable necesidad de respuesta que se pierde con la adultez: “Pero el poeta se muere, lo que queda es la obra”. “Así es” respondí, “pero sobrevive a través de ella que es como ser inmortal”. Me sentí un poco estúpido ante su silencio, pero después vino su estocada mortal: “Ahora ya sé porque escribe usted, profesor… escribe porque no se quiere morir”. Estuve a punto de caerme de espaldas. Lo único que quería era que leyeran un capítulo de Dante, uno solo, y que luego hablaran un poco de la época, de los círculos del infierno, del amor puro idealizado en Beatrice, pero yo mismo tendí una trampa: la buena literatura es como un trampolín, jamás se sabe dónde va a caer el lector. Tenía razón, escribimos porque somos tremendamente egocéntricos, porque soñamos con la inmortalidad, son las cosas del oficio. Pensamos que cada libro es especial, que éste sí nos lanzará al estrellato, renegamos de los escritores más vendidos pero envidiamos sus cifras. “Esto es lo mejor que he escrito” repetimos mentalmente en la presentación de cada libro, pero es apenas lógico que un autor lo sienta, como un padre cuando piensa que sus hijos son especiales ¿quién no lo cree?

Es muy probable que con los años nos vayamos volviendo sensibles y las pretensiones intelectuales que se tienen a los veinte años vayan quedando abandonadas ante la despiadada costumbre del oficio. Es un deber convencer al lector de que cada libro no es como los otros, aunque sí lo sea, de todas maneras cada libro, cada poema, oscila entre el dolor y la felicidad, entre la vida y la muerte. No quiero parecer un pesimista confeso; soy un hombre feliz, y uso las palabras “descaradamente feliz” cada vez que puedo, como una forma de silenciar a los psicoanalistas de biblioteca, que abundan en los medios intelectuales y que tratan de encontrar entre las letras rasgo secretos de la vida del escritor, pero el oficio de escribir es menos fascinante de lo que hacen creer otros escritores. No hay ningún personaje que se parezca a mí en ninguno de mis libros, ni en las novelas ni en los cuentos. Son personajes de verdad, porque todos tenemos angustia, dolor y desesperanza a nuestro alrededor, pero no soy del tipo que se desdibuja en cada historia. Escribo cosas que me invento, que me cuentan, que veo en la calle y me impactan, las transformo tanto que después no sé decir qué es verdad y que es mentira. Escribo sobre la vida, la vida de otros, vidas supuestas. Mi vida es simple y llena de cotidianidad, creo que ningún episodio personal resultaría entretenido. Digo esto porque no se debe juzgar al escritor de ficción por un libro. Seguramente habrá publicaciones anteriores que todo escritor quiera desaparecer, pero es imposible, ya están ahí, van por el mundo por su cuenta, como hijos díscolos y queridos. De todas maneras, si hay cosas extraordinarias no es en la esencia literaria, sino en el entorno: “De la Tierra a la luna” de Julio Verne, no tendría ningún impacto como ciencia ficción para los chicos de hoy en día, pero se sigue leyendo. Ser escritor es un oficio tan importante como cualquier otro, que necesita ética, coherencia de vida, formación, buen nombre y prestigio. Es totalmente compatible con el matrimonio, con la paternidad, con los amigos y con la vida social. Unos pocos escritores que fomentan el desorden en sus vidas como una forma de encontrar creatividad, no representan a otra gran cantidad que asumen el oficio con seriedad y que además de lo profesional, buscan el éxito en el ámbito personal.

La palabra es un oficio exigente, pero no es sólo un compromiso de los escritores. La palabra es un oficio de la vida, de eso no tengo duda, aunque no sé con certeza por qué lo escogemos como oficio. Es probable que algo dentro nos funcione mal, por eso lo enfoco dese mi propia experiencia. Algún científico le echaría la culpa a uno de los paralelos cerebrales, o a un tipo de inteligencia con nombre sofisticado. Borges argumentaba que realmente no escribía, era el otro Borges, el que firmaba los libros, porque a él, el Borges común y corriente, sólo le gustaban los relojes de arena, los tigres y los laberintos.

La escritura es un oficio exigente y preguntarnos de dónde nace o qué la motiva es necedad, a nadie le preguntan por qué respira, todos sabemos que es un asunto de las vísceras y esas cosas no tienen respuesta.

La escritura y la vocación de estudio: una necesidad urgente

Otro tema es la necesidad de escribir desde las diferentes áreas del conocimiento, como una manera de ejercer la profesión, promover la investigación y generar redes de lectura. Sin importar el nivel donde un profesional se desempeña, la escritura técnica o científica requiere de competencias tan diversas que no basta con tener conocimientos en un área o ser bueno en una profesión para aportar desde la palabra; son necesarias habilidades pedagógicas, psicológicas, tecnológicas y muchas veces creativas. Esto quiere decir que la escritura técnica es una de las actividades más complejas que existen; la preparación y la actualización deben ser continuas, pues además de la parte académica, que siempre cambia, constantemente aparecen nuevas propuestas teóricas y adelantos científicos. Para acabar de subir la dificultad, el escritor debe adaptarse incluso a la jerga de la generación a la que se dirige. Esto es en general, pero ¿qué decir del catedrático universitario que además de docente debe ser escritor?

Hay quienes se preguntan qué significa ser profesor universitario (A. Gewerc y L. Montero, 1996), cuya respuesta está relacionada con las características que lo identifican profesionalmente, lo cual está a su vez determinado por las condiciones históricas y los contextos institucionales en que desarrollan su labor. Es decir, que caracterizar al profesor universitario presupone tener en cuenta los momentos históricos actuales de inicios del siglo XXI y las peculiaridades de las instituciones universitarias donde laboran debido a que entre ellas existen grandes diferencias estructurales y funcionales, en dependencia no solo de su nivel de desarrollo, historia y tradiciones sino también de las áreas geográficas donde se encuentran insertadas, así como las condiciones sociales, políticas y culturales de los países a los cuales pertenecen.

Mª Begoña Rumbo (2000) describe al profesor universitario como docente e investigador a la vez, que se replantea continuamente su labor y la adapta al entorno socio-temporal en el que se desenvuelve. Es quizás en este aspecto donde mejor se aprecia la diferencia entre el catedrático universitario y las otras personas que se dedican a la enseñanza: “a la vez que imparte clases investiga, precisando que esta función investigativa no está relacionada solo con el contenido de las asignaturas y disciplinas que imparte sino también sobre su labor educativa, a partir de la reflexión que hace de ella desde el punto de vista teórico y práctico”.

Entonces nos enfocamos en otro proceso fenomenológico, pues la humanidad actual tiene acceso a gran cantidad de información como jamás lo había tenido ninguna generación. No sólo tenemos las noticias locales, sino que podemos leer cualquier periódico del mundo; una biblioteca con gran cantidad de volúmenes no era común, ocupaba un espacio gigantesco y costaba una fortuna; sin embargo, hoy acumulamos e-books – que a lo mejor ni siquiera vamos a leer– en los diferentes lectores electrónicos, solo por capricho. La tendencia es leer por pasar el rato y por esta razón proliferan libros, artículos e investigaciones sobre temas totalmente absurdos. Así que esta abundancia de información – por no decir avalancha– va en detrimento de criticismo: “cualquier cosa es cierta porque lo leí en internet”.

Se hace necesario una reestructuración de la escritura y la lectura. Hace algunos años no teníamos otra opción que las enciclopedias y estas eran relativamente confiables, pero hoy existe la comodidad de encontrar la información en un solo pantallazo, copiarla sin ningún cambio y aprehenderla como algo absoluto. Indudablemente se pierde la vocación por aprender, por el estudio, los niños se preguntan para qué debo saber las capitales o conocer la historia, si todo está en internet; la geografía es una asignatura ridícula, porque el GPS es más exacto y además me habla.

Lo que podemos observar es que el escritor de ciencia, de civilización, está siendo suplantado por un cronista con tintes amarillistas, que simplemente infla los eventos, utiliza fragmentos de la realidad y reviste la historia de sensacionalismo. Pero no hay forma de ponerle reglas a este escritor, la única solución es un filtro interno y personal, que le ayuda a cada persona a ser selectiva con la información. Claro, pensamiento crítico, que no lo venden en un disco y se le instala a cada persona, sino que se promueve desde la infancia.

Sin embargo, no es una decisión que se tome de la noche a la mañana; un profesional que pueda escribir desde la óptica de su oficio necesita de un tiempo largo de preparación, de un proceso de profesionalización que debe comenzar desde la universidad, pues supone un transcurrir por diferentes etapas, cada una de las cuales constituye un salto cualitativo con respecto a la anterior, en las que se van obteniendo diferentes niveles de desarrollo y de competencias profesionales y que no tiene una última etapa porque termina con la muerte, debido a las demandas cambiantes de la sociedad. Estamos hablando de descubrir una vocación dentro de la vocación, que requiere de la existencia de estrategias que estimulen y guíen dicho proceso, además del interés individual de cada escritor implicado.

Este proceso de profesionalización hay que entenderlo como una mejora continua y sistemática de su calificación académica, lo cual presupone un cambio en todos los órdenes, tanto en la labor profesional como mental, pues como afirmó Federico Mayor, ex director de la UNESCO: El cambio es el medio por el cual el futuro invade nuestras vidas (citado por J. Manso, 1999).

Estas exigencias al profesional que escribe desde su oficio no pretenden cumplir solamente con unos estándares, se busca que este escritor que transmite conocimiento conciba al lector como persona – que comprenda que no todo el que lo lee posee conocimientos técnicos–, para sortear las dificultades que va a presentar el lector como individuo, contribuyendo también a formar la personalidad – ya antes hablé de la responsabilidad, el conocimiento no le sirve de nada al individuo si no lo hace mejor persona–.

Tener esta vocación para la escritura especializada implica una continua ansiedad por actualizarse, pasión por las técnicas pedagógicas que le permitan captar el interés de sus lectores, hacer más agradables los textos, mejorar los niveles de aprendizaje e inculcar en sus lectores valores que los califiquen no sólo como profesionales extraordinarios sino como seres humanos fuera de serie, en medio de un ámbito de investigación que le permita aportarle a la sociedad con nuevas ideas. Es decir, un ente social activo y participativo de los cambios.

Quisiera decir que la escritura especializada requiere de una alta vocación de servicio, de entrega, pero que esto no se confunda con una profesión altruista. El estímulo de esta actividad requiere de políticas económicas para que ocupe el lugar que se merece dentro de la sociedad y alcance estándares de vida que le permitan abarcar todos los límites de su profesión, sin tener que estar pensando en completar el día a día con actividades que lo alejen de su obligación. La escritura desde cualquier ámbito debe ser una vocación rentable, porque bien ejercida se convierte en los cimientos de una sociedad competente.

  

 

El puro divertimento

Quien sabe leer y escribir bien, después es capaz de todo”. (La Salle).

Durante los últimos años se ha dicho que jamás la humanidad había estado tan comunicada como ahora, y sin embargo es cuando menos nos estamos comunicando. Sin embargo, habría que revisar exactamente la magnitud de lo que es la palabra para cuestionar este planteamiento que se puede volver paradigmático. La Internet, el chateo, el mensaje de texto, etcétera, han ido creando nuevos códigos, reinventando abreviaturas y redimensionando la palabra en un lenguaje simple y básico. La comunicación epistolar ha pasado a tercer plano y los jóvenes nos ven con curiosidad cuando les contamos que alguna vez los seres humanos nos escribíamos cartas, les poníamos perfume, salivábamos el sobre para pegarlo, e incluso en ocasiones, junto a la firma, iba estampado un beso. Cuando la abríamos buscábamos ansiosos algún rescoldo del remitente: un olor, una lágrima, un cabello, cualquier cosa que pareciera humana y nos dejara la ilusión de su presencia. Aun así, con toda la nostalgia de la que va cargada esta última reflexión, el lenguaje moderno sigue teniendo las condiciones de la palabra, y las ilusiones continúan volando de la mano de los monosílabos. La palabra tiene las características de un animal vivo, que se transforma continuamente y tienen la capacidad de alimentarse por su propia cuenta, así que no es por ahí el dilema. Tampoco podemos ver con un dramatismo romántico que el libro impreso está desapareciendo y negarnos al libro electrónico por el olor o la satisfacción de palpar las hojas porque no tiene fundamento. Lo único que esas apreciaciones demuestran es que somos viejos y anticuados. Una vez escuché a alguien disertando en contra del libro electrónico y decía que jamás abandonaría los libros de papel, porque hacía anotaciones en las márgenes, coleccionaba separadores y amaba el tono amarillento que las páginas iban cobrando con los años. Me divertía pensando en que esa persona no había conocido los beneficios del e-reader o del Kindle, porque todas esas virtudes también las tenían los formatos electrónicos, incluso la opción del sepia en las páginas.

El problema que tenemos que plantear es que se está leyendo mucho menos porque las imágenes nos están ganando la batalla. “Para qué voy a leer la novela si puedo ver la película, además es más emocionante”. Las personas pasan la mayor parte del tiempo con un Smartphone en sus manos, pero la lectura y la escritura se marginan a fragmentos limitados. Las noticias se reducen a los 140 caracteres que permite el twitter; los íconos nos regresan a la proto escritura y algunos símbolos, como un paréntesis con un punto y coma valen más que mil palabras. Entonces hablamos de la escritura como un oficio literario; la escritura como una necesidad cultural, que nos abre los horizontes del conocimiento; y luego hablamos de la escritura como una pasión que se ha ido perdiendo, pues indudablemente las generaciones pasadas escribían mucho más.

Ya no existe pasión por escribir bien, lo poético ya no es romántico y las interminables horas frente al televisor han reemplazado las horas de lectura y la conversación. Con perplejidad observo personas sentadas en la misma mesa y sin mirarse, porque tienen los ojos puestos en la pantalla del teléfono. Las relaciones humanas han cobrado una nueva dimensión a través de las redes sociales y la escritura ha sido relegada a segundo plano. Es necesario recuperar la lectura y la escritura, comprendiendo que aquel que comienza leyendo cuentos o novelas por simple divertimento, después tomará un  libro especializado y no tan entretenido con mayor soltura. La lectura y la escritura nos hacen personas más cultas, más amenas, con mayor apertura hacia el mundo, porque tenemos horizontes más anchos. Escribir nos enfrenta con nuestra personalidad, nos permite mirar hacia adentro de nuestras almas, replantear nuestros sueños y nuestros objetivos. Claro, no todo lo que escribamos será publicable, algunas veces lo haremos por el simple deseo de liberarnos, o para decir tantas cosas que sentimos y que verbalmente saldrían al aire en desorden y sin efectividad.

Son necesarios los escritores, porque siguen inventando el mundo continuamente y nos permiten vivir desde la cómoda poltrona de nuestra casa; es vital que los profesionales sigan escribiendo sobre lo que descubren, lo que investigan, lo que observan, porque seguimos aprendiendo continuamente, abordamos otros temas que van ampliando nuestro conocimiento y nos preparan mejor para el mundo; pero también escribimos por esa imperante necesidad que tiene el ser humano de comunicarse y al mismo tiempo hacerlo de manera distinta. Fomentarlo es necesario y desde los primeros años, comenzando con lo oral, motivando la imaginación, permitiendo que el ser humano sueñe, que comprenda que lo visual es limitado, pues la única que no tiene límites es la imaginación; que aprender a expresar lo que tengo dentro es parte de mi trascendencia, porque leer y escribir es la partida de mi relación con lo espiritual, con el silencio interior, con el maravilloso mundo de la palabra.

Esta última faceta es responsabilidad de los padres, pues si la escuela es el lugar donde aprendemos a descifrar la escritura, es en casa donde desarrollamos la imaginación. Volver a las viejas costumbres: cenar en familia, quedarse conversando en la sobremesa, leer un cuento antes de dormir, escuchar al abuelo contando historias de miedo, escribirnos cartas de amor, convertir una caja en una nave especial y volverse conquistador con un sombrero de papel periódico; también trabajamos la sensibilidad, la estética, la capacidad de asombro; algunos chicos no pueden divertirse con cosas simples, necesitan consolas sofisticadas y juegos de video que los alejan de la realidad; recorren bosques fabricados en un ordenador, pero se les olvida el olor de las flores. Enfrentamos una pérdida del sentido de la literatura, del amor, de la enseñanza. La letra ha perdido lectores. Qué tremenda responsabilidad; la literatura: un oficio, una necesidad y una pasión, pero al mismo tiempo, la clave para educar mejores seres humanos, con la capacidad de querer y decir te quiero, sin un ícono textual.

 

Bibliografía

  1. GEWERC BARUJEL, Adriana. (1996). “La construcción de la identidad profesional en el seno de las organizaciones universitarias. Una perspectiva para la formación y el desarrollo profesional”. Volumen: 1 Páginas, inicial: 385 final: 391
  2. GONZÁLEZ SILVA, Luis Antonio. (2014). “Un problema de palabras. Escritura para todos los niveles”. Malú de Balam Editora. Kindle Edition.
  3. CHAMBERS, Aidan. (2007). “Dime. Los niños, la lectura y la conversación”. Fondo de Cultura Económico.
  4. RUMBO ARCAS, María Begoña. (2000). “La Profesionalización de la enseñanza universitaria”. Qurriculum: Revista de teoría, investigación y práctica educativa,págs. 133-142.

RODRÍGUEZ ROJO, M. (1999). “Exigencias formativas y alternativas en la formación del profesorado”. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 34.